Cosas que Jamás debemos olvidar
Importantes fueron todas las participaciones en la jornada de inauguración del Complejo Internacional TAI, realizada los días 25, 26 y 27 de noviembre en San Bartolo, Ilopango. Entre esas participaciones, de mucha profundidad y esclarecedora lo fue la exposición del Dr. David Ramos, Pastor General de la Iglesia Betania, quien a partir de un acertado conocimiento teológico y una visión penetrante de la realidad que viven las iglesias evangélicas en El Salvador, motivó a la reflexión a los presentes. Una reflexión conveniente para todos los evangélicos salvadoreños, por lo que presentamos el texto del pastor Ramos.
Eran otras épocas. Entonces el pueblo evangélico en América Latina era una minoría; era víctima de permanentes persecuciones y no era atractivo para el poder político. Hoy, la situación es diferente; la fuerza de los números nos distingue, representamos un importante caudal electoral, poseemos grandes templos, administramos importantes medios de comunicación, y se nos tiene en cuenta a la hora de hacer negocios (somos “segmento significativo del mercado”). Aún hay quienes se atreven a opinar que seremos la mayor fuerza religiosa del Continente: “Un obispo (católico) en el Brasil ha advertido que Latinoamérica se está convirtiendo al protestantismo más rápidamente que
Europa Central en el siglo dieciséis” Nuestra nueva ubicación socio-religiosa la hemos recibido, como era de esperarse, con desbordado triunfalismo, mucho entusiasmo y no poca ingenuidad. Para algunos es signo evidente del avivamiento que tanto habíamos anhelado; para otros es señal de que hemos entrado en los últimos tiempos y de que el fin se ha acercado. También hay los que opinan –ya con cierto pesimismo- que este crecimiento no es más que un reflejo decadente de la religiosidad latinoamericana, que sigue siendo mayoritariamente católica y que ahora se está mutando en variadas formas.
Lo cierto es que ahora formamos parte de un movimiento, aparentemente insignificante 40 años atrás, pero de indiscutible relieve, sobre todo, en estos últimos treinta años. Un líder cristiano que incursionó en la política, expresaba con alborozo que “ya no somos más ciudadanos de segunda clase”. Y agregaba:
“ahora nos quieren, nos aceptan y nos respetan”. Es cierto: nos respetan, y en eso consiste el peligro. Fue Mahatma Gandhi quien dijo: “Cuando procuramos generar cambio en nuestras sociedades, se nos responde primero con indiferencia, luego con sorna, luego con agravios y al fin con opresión. Por último se nos presenta el mayor desafío: se nos trata con respeto. Esta es la etapa más peligrosa”.
Es peligrosa porque es la etapa de la domesticación, de la castración de la fuerza del Evangelio, es la seducción del ofrecimiento, es la hora del silencio cómplice y de la participación encubridora. Es la hora de la tentación de ofrecer la esposa del Cordero a quienes no son su esposo. La radicalidad del seguimiento de Jesús, que nunca ha estado asociada a los movimientos triunfalistas; el cumplimiento de la función profética de denunciar y advertir, que pocas veces ha estado relacionada con las mayorías políticas; y la misión de ser “sal de la tierra” y “luz del mundo”, que jamás ha estado vinculada a las estructuras de poder; éstas y otras facetas prioritarias de la Misión de la Iglesia sucumben ante la avalancha de aplausos y de reconocimientos efímeros. Se rinden ante el trono de las estadísticas y ante las reverencias del poder oficial. La situación de la Iglesia evangélica en América Latina exige, entonces, que nos planteemos una vez más con responsabilidad algunas de las preguntas claves de la Misiología cristiana: ¿Qué es la Iglesia?, ¿cuál es su verdadera Misión?, ¿qué significa evangelizar hoy?, y ¿cuál es el crecimiento qué queremos? Haciendo esta “teología en el camino” podremos preservarnos de caer aún más hondo en las sutiles redes del respeto aparente.
ELEMENTOS PONDERANTES QUE JAMAS DEBEMOS OLVIDAR PARA SER IGLESIA:
1- La grandeza sigue siendo la iglesia y no el templo: La misión de la iglesia no se agota en la construcción de templos, ya que, para Dios, su templo sigue siendo la iglesia, la comunidad del Espíritu. La búsqueda de la iglesia como humanidad nueva, como las primicias del reino y como fermento que leude la masa son las grandes proyecciones que nunca hemos de olvidar.
2- La grandeza sigue siendo la misión y no la sensación: Reunir todas las cosas bajo el señorío del Jesucristo es el propósito de Dios. La obra del Espíritu no será el espectáculo de unas piedras sino la majestad de un mundo que revele la gracia y la gloria de Dios. De aquellas, ya sabemos que un día no “quedará piedra sobre piedra”. La misión de la iglesia no se agota en el logro de nuestros sueños sino en el logro del sueño de Dios: una nueva creación donde reine la justicia (2ª Pedro 3, 13)
3- La grandeza sigue siendo la Palabra eterna y no las ideologías de turno: La Palabra no alimenta nuestro compromiso con expresiones sesgadas de la política humana, sino con el seguimiento de Jesús de Nazaret, y por tanto, con el propósito de Dios. Nuestra labor inspirada en la Palabra no se vincula con la preocupación de cambios de sujetos en la administración del Ejecutivo, sino con la implementación de la justicia. El profeta declara “no callaré, no descansaré hasta que su justicia resplandezca como la aurora y como antorcha encendida tu salvación” (Isaías 62, 1) La Palabra es nuestra lumbrera para no pensar que descansamos cuando un partido de nuestra preferencia llega al poder, y, aún más para evitar que los poderes de turno hagan lo que siempre buscan: esclavizar a la iglesia, domesticarla.
4- La grandeza sigue siendo el Espíritu y no las alianzas: Se oye bonito hablar de participación en redes o alianzas, y podemos o debemos coordinar esfuerzos con los gobernantes nacionales o locales, pero no debemos olvidar que nuestra grandeza no está en nuestros interlocutores humanos por muy encumbrados que estén en las gradas del poder- sino en la fuerza heredada de nuestro Señor: Su Espíritu. Lo que le abre paso a la iglesia en el mar de la historia no es su alianza con el Faraón –éste siempre nos persigue para volvernos a esclavizar sino el soplo de Dios. El poder de la iglesia no es el poder de sus alianzas, sino el poder del Espíritu. Si estas cosas forman el tesoro no negociable de la iglesia, esta nación puede tener esperanza.